1. LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

Extraído de: Mateo Seco, Lucas F. y Domingo, Francisco. Cristología. Instituto Superior de Ciencias Religiosas. Universidad de Navarra, 2004.

Síntesis de contenido

Cristo en la columna (Antonello de Messina)

Los evangelios narran con brevedad y fuerza la muerte de Jesús. Expiró, se dice en Mc 15, 37, Lc 23, 46 y Mt 27, 50; entregó el espíritu, leemos en Jn 19, 30. Pertenece a la doctrina de la Fe el hecho de que Cristo murió verdaderamente, estuvo verdaderamente muerto —fue sepultado y descendió a los infiernos—, y al tercer día resucitó de entre los muertos.

Se cumplen, pues, en la muerte de Jesús las características esenciales a toda muerte humana. Entre estas características, se encuentra el que se da separación entre el alma y el cuerpo; es decir, el cuerpo queda sin vida, pierde las operaciones vitales. Decir, pues, que Jesús murió verdaderamente equivale a afirmar que su cuerpo quedó inerte, sin operaciones vitales. Equivale también a afirmar que durante Cristo, el triduo de su muerte, compartió el estado de los muertos. Esto es lo que se dice con el artículo de la fe “descendió a los infiernos”.

La resurrección del Señor es tema central de la predicación apostólica y está indisolublemente unida al misterio de la muerte y sepultura del Señor. Se trata de un acontecimiento de una radical originalidad y sobre el que no existe una previa experiencia. Lo que se dice de Jesucristo es único: ha resucitado, pero pertenece ya a una vida que está más allá de las leyes fñisicas que conocemos. La resurrección del Señor es un hecho histórico único en su género, un hecho atestiguado por testigos fiables. El Nuevo Testamento lo atestigua con contudencia.

Con la resurrección no sólo se inaugura una nueva forma de existencia de Jesús de Nazaret, sino que se inaugura también una nueva forma –en gloria y poder-, de su misma acción como Mesías. La Ascensión del Señor afecta también al ejercicio del mesianismo de Cristo, que está sentado a la derecha del Padre, “siempre vivo, para interceder por nosotros” (cf. Hb 7, 25).